Tenemos un chico.
No importa quien sea, ese chico sos vos y soy yo.
Esta seguro de si mismo, de su personalidad, de sus creencias, de sus convicciones y de su futuro.
Se enamorara de una chica y hará que ella se convierta en su centro, en su razón, en su todo completo.
Para él, ella será hermosa, inteligente, interesante, energética, atractiva, perfecta, e inigualable.
Ella hará que respirar parezca mágico.
Afirma que algún día escribirá una novela que toque a millones, detallando sutilmente la desenfrenada pasión que siente.
Pero probablemente un día este chico ya no este seguro de nada, se sienta vulnerable, expuesto, frágil y patético.
Algún día querrá gritarle al cielo por hacerle creer que el amor existía.
Cada vez que la vea pensara esa maldita chica con esos malditos chicos, llenos de malditos asesinos en los ojos.
En ese momento se cuestionara la vida.
No, no tendrá tendencias suicidas. Simplemente deseara no haber nacido; para ahorrarse todo el sufrimiento, la desidia, la repugnancia de la gente, y, sobre todo, el miedo. El miedo a no ser nadie, a ser completamente olvidado; el terror de llegar a viejo para darse cuenta que no ha vivido absolutamente nada. Y ahí se sentirá cobarde, por estar aterrado de las cosas que tendrá que afrontar.
La muerte es segura; la vida, no.
Tal vez pasen treinta años y se crucé a esa mujer que tanto lo hizo sufrir en su adolescencia.
Tal vez ella le confiese que también lo amaba, pero que no se atrevió a decirlo.
Probablemente se quede callado unos segundos, meditando cuan diferentes serian las cosas si las confesiones pertinentes hubieran sido hechas a su momento.
Y seguramente el responda que las personas no esperan para siempre.
Quizás días, quizás meses, quizás años.
Pero no para siempre.
Tal vez le diga eso, para luego cruzar de vereda y seguir con su camino.
Si, probablemente lo haga con lágrimas brotando de sus ojos.
Euge-