Un tarde de lluvia, tomó su paraguas y se fue a donde van las palabras que nunca se dicen.
Fue allí a recuperar las suyas para que no se convirtieran en nostalgias, en dolor de garganta, en insomnio, en mas miedos; es que las palabras que no decimos no mueren, sino que nos matan; y él, él no quería morir así.
Chapoteó en los charcos, empapo sus botas, empaño sus anteojos; se mojo tanto tanto que tuvo que centrifugar sus pestañas.
Hasta que las encontró.
Ahí estaban, sentadas, esperando, ¿con una mueca de fastidio tal vez?, no lo sé, pero lo importante es que ahí estaban sus palabras, listas para ser dichas.
Se posaron en sus labios con tanto temor, que me aventuro a decir que temblaban.
Uno, dos, tres.
Salieron despacio; quemaban.
Miro a su alrededor, y nada había cambiado.
Estaba todo igual.
Tan igual que incluso se pregunto si habría dicho sus palabras, o tal vez, si, tal vez se había acobardado de nuevo.
Pero no, las había dicho, estaba seguro; tan seguro de eso como de que quería una respuesta, o se volvería loco.
De repente una canción empezó a sonar de fondo; una canción que se incineraba dentro de su pecho; si-pensó, definitivamente el mundo estaba complotado en su perdición.
Y allí estaba, aún sin conseguir absolutamente nada; sintiendo como comenzaba a llover de nuevo, a inundarse todo en su interior.
¡Malditas palabras!-se dijo para si mismo, arrepintiéndose de haberlas pronunciado, hubiera sido preferible que se humedecieran dentro de su cuerpo, se alimentaran y crecieran en él tumoralmente ¿no?
-Esta canción siempre me deprime, me trae memorias tan tristes- dijo justo cuando la canción terminaba; abandonando toda esperanza de que ella respondiera.
- Nunca escuche otra canción que me entristeciera del modo que esta lo hace pero… ponela otra vez, por favor- concluyó, con la voz entrecortada.
- esta bien, ahora la pongo- dijo ella- pero, eeh, yo... yo también te amo.
Y el sol comenzó a brillar de nuevo a su alrededor, así como así.
Euge-