Lamento haber ido a tu fiesta solo para seducirte; y luego haberte dejado magullada, sola y arruinada, mi pobre y triste cosa.
Pero no, ni una simple disculpa conseguí.
Así que aquí estoy, vacía y demente; esperado que me digas algo.
Pero no vas a hacerlo, yo lo se.
Tal vez, y solo tal vez, si por un níveo momento tienes el valor de dejar tu taza de café sobre la mesa; bien, tal vez ahí tengas el valor de mirarme a los ojos y sostenerme la mirada, mientras ves como las lagrimas llenas de pudor e impotencia inundan mis mejillas.
Pero dudo que lo hagas, no tenes el valor suficiente.
Como tampoco yo lo tengo, ni para vociferar todas las atrocidades que me plazcan ni para decir que aunque flageles mi cuerpo con solo posar tus ojos sobre el, prefiero eso a perderte.
Porque algunas veces las cosas son suaves.
Otras veces, son aun más suaves.
A veces nos vamos.
A veces nos vamos porque realmente queremos quedarnos.
Y cuando sonrío, estos ojos tristes se ven más y más tristes aún.
Pero debo planchar el cuello de mi camisa, ajustar el nudo de mi corbata, y salir a escena.
El espectáculo no ha acabado todavía.
Euge-