Espejario-
Supongamos, solo por un momento, que la felicidad es algo más que una taza de café y un buen libro, aunque lo dudo mucho. Supongamos, al menos por un instante, que podemos derretirnos en las pupilas de otra persona y no sentirnos como unos completos idiotas.
Miró su reflejo en el espejo y sintió que su corazón era una piñata, listo para ser destruido; pero no importaba cuanto lo golpearan, no sacarían de allí nada de lo que querían.
Ella no sabe que partes de si misma eran reales, y que partes eran de un libro, pero tiene la absoluta certeza de vivir en un mundo de fantasía, donde cada pesar es espolvoreado con azúcar para que pueda sobrellevarlo mejor.
-Vamos- dice y se levanta, pero nadie la sigue, esta sola.
Camina, camina, y sigue caminando.
Camina hasta que se topa con unos espejos, y otra vez mira su reflejo; casi en un ahogado sollozo se da cuenta que prácticamente no conoce a la persona que esta viendo, pero la verdad es que no hay otra vida, así que tendrá que aprender a vivir con ese espectro que la mutila internamente.
Da unos pasos más y retrocede.
-Ve a la habitación, yo iré mas tarde- susurra- quiero ver algo más- le dice a ese ser invisible que siempre la acompaña y que es su único consuelo.
Es entonces cuando vuelve a fijar sus retinas en aquellos vidrios acusadores, que solo logran evidenciar la falta de todo aquello conmovedoramente esencial en su vida.
Ya es casi noticia de primera plana; aunque haga una fuerza inmensurable, aunque la bilis se remueva por su tráquea debido a la presión con la que trata de cerrar su garganta y apretar fuerte su mandíbula, no puede contenerse. Las lagrimas y los gritos que estaban secuestrados en sus ojos y pulmones corren despavoridos para hacerse notar, dejándola sin fuerza, de rodillas en el suelo, rota.
Ya no hay forma de reparar lo irreparable, los espejos vomitaron todo lo que tenían retenido en su esplendor dejándola brillando en su desconsuelo, en el piso, chillando porque alguien la ayude a levantarse; pero no, nunca tuvo a nadie allí para ayudarla a levantar los pedazos rotos cuando todo sea derrumba y cae; por eso se vio obligada a vivir en esa utopía de su mente, simplemente para no volverse loca y llegar a sentir esa mutua adicción del amor, y aunque en su caso fuese de alguien que no era mas que una quimera alojada en sus pensamientos, no importaba; ella lo sentía con la misma intensidad de siempre.
Ya es tarde- dijo el portador de los espejos, y alejándose en un andar pausado por el pasillo, hizo que ella ya no pudiera verlos; esos malditos y hermosos espejos verdes, enmarcados por unas espesas y acusadoras pestañas humedecidas por las atrocidades narradas por sus patriarcas espejados, no volverían a abrumarla. Pero aun lo amaba; no se hubiera molestado en torturarse si no lo hiciera.
Así que con el mas débil pero aun así fuerte orgullo, se levanto y arrastro su alma hasta la habitación para tratar por fin de descansar un poco.
Apúrate– llamó una voz que venía de la cama.
Una sonrisa leve se formó en el rostro de la susodicha.
- Shhh, ya voy – susurró ella, cerrando la cortina del ventanal. Se apresuró a llegar a la cama y se acostó. Un brazo la envolvió y la apretó contra un cuerpo caliente. – Está lloviendo. – dijo ella, su voz ahogada al tener su cabeza contra su pecho.
- Hm – dijo la voz a su lado sin darle importancia. El agarre de su cuerpo se ajustó y la atrajo más, si es que aquello era posible.
Ella sonrió contenta cuando escuchó como su respiración se regulaba y entraba en un sueño profundo nuevamente. Se apretó más a él, sus piernas entrelazadas al igual que sus manos. Le beso el pecho y cerró los ojos.
No era real, pero se sentía placenteramente tranquilizador, la complementaba. Al menos él no la lastimaría, no la miraría con sus espejos delatores, evocando momentos, frases, roses, solo para recordarle que no supo amar.
Esta era su fantasía y nadie puede decirte como gobernar en ellas, son tuyas y de nadie mas, decidís que esta bien y que esta mal; y muchas veces, la mayoría, aquella taza de café y aquel buen libro ya mencionados, junto con la imaginación completamente sangrante, hornean una felicidad tan personal y única que aun no se han inventado palabras para describirla.
Este era su recupero. Su mundo de escape.
No era real, pero era su única salvación de si misma.
Euge-