Caíste al suelo, rodaste, y te quedaste boca abajo; aspirando el húmedo olor del piso.
Volviste a girar y enfrentaste el techo, donde en las manchas de humedad veías plasmados todos tus turbios pensamientos.
Un grito ahogado en el pecho y algunas lagrimas frustradas.
Te levantaste.
Te levantaste y no supiste hacia donde ir, estabas tan perdida dentro de tu propio cuerpo, sometido a esas solitarias y sórdidas prisiones. Quisiste, por un momento al menos, no estar sola.
Pero aunque gritases con toda la fuerza de tus pulmones nadie te oiría; nunca habría alguien allí para replicar ante tu llamado.
Subiste las escaleras, miraste una fotografía, encendiste el ventilador.
Te sentaste en la improvisada cama, tomaste un pincel e intentaste retratar algo de todo lo que danzaba libremente en tu cabeza.
Tantas historias vociferando lo que intentabas comunicar, tantas formas diferentes de pedir lo mismo.
Pero claro; esas historias no significaban nada si no tenías a alguien a quien contárselas.
El oleo corría en la madera, entre tus dedos, dejando su particular olor por todas partes, formando y deformando expresiones, descargando desastres emergentes; pero no funcionaba, no en el aquel momento.
Pensabas que un trazo a tiempo salvaría al mundo, un toque de color en medio de la noche abriría paso al amor.
Pero no lo hizo.
En su defecto, precipito la pena.
Todas sus preguntas eran respuestas de sus pecados; era una canción que ya nadie canta, un espectro mutilado.
Caminaste hasta la mesa, tomaste lo que ella acogía; aquellas malditas redondas tentaciones dentro de un frasco.
Decidiste abrazar al abismo, dejarte ir en aquel divino letargo. Así estaba tu mundo privado, al borde de sucumbir.
Uno, dos…cientos y cientos de redondos asesinos cayendo a través de tu tráquea. Tosiste, casi te atragantas, pero tenías espacio para algunos más.
Uno, dos…
Uno, dos…
Así hasta que ya no pudiste más.
Caíste junto con el frasco de medicamentos; rodaste, y nuevamente grabaste el aroma emanante del suelo en tu memoria, siempre lo recordarías.
Los sueños del espejo acababan de romperse.
Las lagrimas no siempre son ajenas.Todos mienten, pero vos no te mentías.
Como loca reías por no llorar. Te irías, y nadie siquiera lo notaria.
Euge-